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Lo que nunca te dirán del Estado de emergencia


Foto: Publimetro
Escribe:
Elvis Añanca Bendezú
Profesor, Asesor en campañas políticas y estudiante de Filosofía

Como es natural, se desconoce la fecha exacta de la fundación del Callao.
A pesar, de tener una fecha referencial como provincia constitucional, ésta ya aparecía demarcada en mapas de la época prehispánica por distintos cartógrafos como Guiljelmus Blaeuw (1571 – 1638) y era consignada como la “Villa del Callao”. A consecuencia de ello, y a través de distintas lecturas, he encontrado que al pueblo chalaco lo han considerado un paradigma social por su carácter e ímpetu que llevó a esta ciudad a no ser sumisa y, por ello mismo, a ser escenario de muchos acontecimientos históricos donde el Perú se jugó la independencia o defendió su soberanía, por citar solo algunos ejemplos. 

Pero, ¿por qué a estas alturas vengo a revivir estos antiguos recuerdos? ¿Es que acaso quiero ensalzar nuestro origen naturalmente dado? En esta ocasión, no. Las pequeñas líneas que escribiré a continuación no serán para hacer un recuento de cuantos hermanos hemos perdido hasta ahora, sino, dará una explicación racional del origen de como nuestra comunidad se ha ido corrompiendo. 

Comenzaré por contar algo que tal vez no escucharán, ni leerán en otro lado y que a pesar de estar frente a nuestros ojos no hemos prestado atención. Detengámonos, pues, en el origen de todo esto. 

Si bien es cierto los chalacos - por naturaleza - somos iguales y tendemos a valorar mucho lo conseguido por nosotros mismos, deseamos los bienes que aún no nos pertenecen porque desde pequeños sabemos que la vida es una lucha y una competencia. 

Estas características, adquiridas a través del tiempo, se han ido desproporcionando desmesuradamente, hasta al punto de transgredir esta lucha-competencia y convertirla en robo y delincuencia. Es por esto que, en estos momentos hemos retrocedido socialmente y nos encontramos en un “Estado de naturaleza” (entendiendo “estado” como “momento” y “naturaleza” como “recién dejados en el mundo”); esto equivale a decir: una guerra de todos contra todos. 
Pero, ¿cómo es que nuestros antepasados pudieron sobrevivir a esto? La respuesta no parece ser tan sencilla, pero dejando de lado toda vanagloria que podemos poseer encontramos algo similar entre todos nosotros: el miedo a la muerte y el deseo de vivir pacíficamente.  Estos dos ejes han sido “motores” en innumerables ocasiones y han servido de impulso para construir grandes comunidades como la nuestra, pero solamente estos “motores” no podrán contra este “Estado de naturaleza”, pues, hace falta dotarlos de un “Pacto de unión” (que en una analogía sería el auto) y también de un “Leviatán” (siguiendo con la analogía este sería el conductor). 
Llegando a este punto, quería resaltar, que el “Pacto de unión” nos serviría para evitar esta guerra llena de robos y delincuencia; y el Leviatán (que sería producto de este “Pacto de unión”) tendría como funciones principales: garantizar el orden y suministrarnos una sociedad pacífica, a través de cualquier medio, ya sea algún medio pacífico o por su fuerza misma (porque el Leviatán es el único dotado para usarla).

Considerando así el asunto, quiero poner énfasis en estas últimas líneas donde comparo el “Estado de naturaleza” de Hobbes con el “Estado de emergencia” que hoy en día estamos viviendo. La idea contractualista vertida anteriormente, solo presenta como solución al “Leviatán”, que dentro de sus funciones se encuentra recuperar el orden a como dé lugar y evitar que la lucha-competencia trasgreda en robo y delincuencia. 

En consecuencia, el poder político del que goza el “Leviatán”, debe ser usado para su única finalidad: la protección de nuestra propiedad privada y la garantía de nuestra seguridad. Cabe entonces preguntarse, ¿a quién tenemos como “Leviatán”? ¿Existe nuestro “Leviatán”? Solo al formular estas pequeñas interrogantes mi mente trata de buscar una respuesta inmediata y me dirige a solo dos posibles caminos donde cree que puedo hallarlas: nuestro Gobierno Regional y al médico Félix Moreno Caballero. 

Pero hoy solo llegaré hasta aquí. Saludos y hasta la próxima semana. 

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